El pajarito

Uno de los platillos predilectos del presidente francés François Miterrand era un pajarito de nombre bruant ortolan, cuya traducción al español podría ser “escribano hortelano”. El pajarito se come completo y de un solo bocado, con alas, patas, pico y crujientes huesecillos, y además hay que comerlo ceremoniosamente, como lo hacían los emperadores romanos, cubriéndose el rostro con una servilleta blanca. Que el pajarito se coma de un solo bocado es un procedimiento ligado a sus dimensiones pero también, me parece, a la forma tumultuosa de su nombre: al pronunciar bruant ortolan se experimenta la sensación de que ya se tiene este delicado manjar en la boca. La cocina francesa se ha distinguido siempre por la forma en que saquea el cuerpo de los animales, todo aquello que antes palpitaba va a dar a los platillos, no queda un órgano sin pasar por el horno o la sartén. Precisamente la grandiosidad de la cocina francesa está basada en que esa rapacidad con que se aprovecha al animal da como resultado un platillo sumamente delicado. Porque hacer platillos delicados con una pechuga de pollo o con una mezcla de yerbabuena, almizcle y tomillo, tiene menos mérito que hacerlo con el cartílago de la pezuña del puerco o con uno de sus testículos. Pero no obstante la rapacidad de los cocineros franceses, por cierto muy conocida y celebrada, hay ahora una discusión nacional alrededor del escribano hortelano, ese pajarito del tamaño de un canario que el presidente Miterrand tenía entre sus manjares predilectos. El ecologismo francés está en pie de guerra porque el escribano hortelano, a diferencia de los pollos, los patos y las codornices, es un ave canora, un pajarito cantor y, de acuerdo con el canon del depredador occidental, matar pajaritos que canten es un acto criminal porque además del pájaro se mata al artista que canta. El tema es discutible, pero lo cierto es que en Francia está prohibido cazar escribanos hortelanos desde 1999, y se le considera especie protegida desde 1979. ¿Por qué si este pajarito es especie protegida desde 1979 tardaron veinte años en prohibir, y penalizar, su cacería? Echando un rápido vistazo a la biografía de François Miterrand podemos tener una idea aproximada de la razón que paralizó durante tantos años la prohibición: Miterrand fue presidente de Francia de 1981 a 1995. De todas formas es curioso que los pájaros comestibles sean solo los mudos, o más bien los desentonados que, en lugar de cantar melodías, dicen pío pío o cuá cuá. También influye, en el caso del escribano hortelano, que según los datos que aportan los ecologistas se trata de un ave en proceso de extinción, aunque los entusiastas del sofisticado platillo aseguran que, de acuerdo con un estudio que hicieron científicos canadienses, quedan millones de escribanos y su especie está muy lejos de la extinción. Se trata de un ave migratoria que viaja todos los años del norte de Europa a África y que, desde la época del Imperio Romano, hace una escala imprudente en el sur de Francia donde, a pesar de la prohibición vigente desde 1999, siguen cazándolo para comerlo en familia, de manera doméstica pero siempre respetando el ritual de cubrirse la cara con una servilleta blanca. La forma de cazarlo es de caricatura, se pone una trampa en el suelo, unas migajas de pan a la sombra de una caja sostenida por un palito del que, por medio de un hilo, tira el cazador en cuanto el escribano hortelano se mete debajo de la caja. Cazarlo con rifle de postas, o de diábolos, pondría en riesgo la dentadura del comensal. Esto sucede en Las landas, una zona en el sur de Francia, del lado del Atlántico, que está cubierta por un curioso bosque cuyos pinos están ordenados simétricamente, en filas uno tras otro, según el orden que dispusieron, en su tiempo, los ingenieros agrónomos de Napoleón. En ese bosque se sigue cazando el preciado pajarito y es probable que pronto al restaurante Les prés d’Eugénie, que tiene tres estrellas Michelin, le concedan el permiso de incluir, un día al año, al escribano hortelano en su menú. Hoy un pajarito de estos, cazado furtivamente, vale alrededor de 150 Euros (2,600 Pesos). El chef de este restaurante, Michel Guérard, sostiene que permitir que desaparezca este platillo es un atentado contra el ADN de la cocina francesa. Dice Guérard del pajarito: “Es un ave absolutamente deliciosa. Está envuelto en grasa y tiene un sutil sabor a avellana. Comerse la carne, la grasa y los huesecillos calientes de un solo bocado es como viajar a otra dimensión”. Una vez atrapado en la caja se le encierra 21 días en una jaula oscura, se le alimenta con grandes cantidades de mijo y uva y, cuando ha logrado triplicar su nivel de grasa, se ahoga en un vaso de armagnac y luego se asa. El pajarito se come al final de la comida, como un bombón, con la cara cubierta con la servilleta blanca para disfrutar plenamente de sus aromas, aunque los ecologistas dicen que se cubren la cara para esconder, a los ojos de Dios, ese vicio inmundo.

(Publicado en Milenio)

Los apostadores

Las casas de apuestas son uno de esos negocios que, desde que hay internet, han experimentado una revolución. La costumbre de apostar se ha vuelto una actividad, digamos, transparente; ya no hay que esconderse bajo un sombrero y una gabardina para ir, a un sórdido ventanuco, a apostar por un caballo, por un boxeador o por un equipo de futbol. Ahora la apuesta se hace en la pantalla de la computadora y, aunque sigue habiendo dinero de por medio, la actividad ha perdido su aura nefasta y ha ganado respetabilidad social. Hace unos años apostaban los malvivientes (que luego son los que mejor viven), en unos tugurios que estaban invariablemente al lado de un bar, apostaba la gente que buscaba enriquecerse de golpe sin dar golpe. Pero hoy apostar, en el terreno de las apariencias, es una actividad tan inocente como hacer sudokus o jugar al FIFA. Las casas de apuestas que operan on-line no solo han limpiado su aspecto, también empiezan a convertirse en el barómetro de la sociedad. Voy a poner un ejemplo de esto que es, sin duda, un preview del mundo que viene: una semana antes de que se celebrara el referéndum para averiguar si los escoceses querían, o no, independizarse, una casa de apuestas inglesa puso entre sus opciones, entre los partidos de futbol y los de cricket, la de apostar sobre el resultado del referéndum. La respuesta de los apostadores fue masiva, tanto, declaró el director del negocio, como si se tratara de las apuestas que suele haber alrededor de un partido importante de la Champions League. Esto ya es un descubrimiento que nos ofrecen las casas de apuestas: que a lo hora de jugarse el dinero, vale tanto el futbol como una justa política, en este caso el referéndum. La votación de los escoceses fue un jueves, el día anterior todas las empresas que hacen encuestas en Inglaterra publicaron sus conclusiones: la votación se inclina ligeramente hacia el “no a la independencia”, pero puede pasar cualquier cosa, anunciaron ese miércoles, en la víspera de la votación. Sin embargo, la casa de apuestas que incluyó el referéndum entre sus productos, tenía datos firmes de que ganaría el “no a la independencia”, con un margen tan claro que desde el martes, dos días antes de la votación, ya pagaba dinero a quienes habían apostado por el “no”. Ese día las casas de apuestas invadieron el terreno de las empresas que hacen encuestas, y demostraron que una cosa es lo le dice una persona a un encuestador que le pregunta por algo específico (¿quiere que Escocia sea un país independiente?), y otra la que dice cuando invierte su dinero. Imaginemos lo que este instrumento, que ha aparecido de pronto, va a significar para los políticos, la repercusión que puede tener en unas elecciones. A esto me refería con aquello del preview del mundo que viene. Las encuestas a pie de urna, el famoso exit poll, parece ya una herramienta inocente si se le compara con el resultado que proveen los apostadores, que se conoce cuarenta y ocho horas antes de que se abran las urnas. En esa misma línea de llevar las apuestas hacia cualquier territorio, la casa Ladbrokes invita a sus clientes a apostar, por ejemplo, por quién se llevará este año el Premio Nobel de literatura. Desde luego que se trata de un caso distinto, el referéndum escocés era una votación popular y por el premio Nobel vota un cenáculo de académicos, es decir, que las preferencias del pueblo no influyen en el resultado. De acuerdo con las preferencias del público lector en general, el ganador del Premio Nobel este año será Haruki Murakami (cosa que no entiendo) seguido muy de cerca por Ngugi Wa Thiog’o (escritor al que no he leído). Más abajo (voy a concentrarme en los que un lector occidental, más o menos enterado, pueda identificar) vienen Joyce Carol Oates, Milan Kundera, Philip Roth, Thomas Pynchon, Umberto Eco, Margaret Atwood, Don DeLillo, Amos Oz, Antonio Lobo Antunes, Richard Ford, Salman Rushdie, Cormac McCarthy, Javier Marías, Bob Dylan y Peter Handke. Los momios para Murakami están 5/1 y para Handke 50/1. Pero también puede apostarse por “La persona del año”, que va a elegir este 2014 la revista Time; esta lista la encabeza Putin, con unos momios de 3/1, y lo siguen Angela Merkel y Angelina Joli, y hay rarezas bastante bien posicionadas como “la copa del mundo”, “la selección de futbol de Estados Unidos” y “Twitter y los tuiteros”. Para los Oscars la lista la encabeza la película Boyhood, seguida por Birdman y por Gone Girl; como mejor actor está, en el primer lugar, Michael Keaton (Birdman), y Julianne Moore como mejor actriz. Se antoja pensar que los productores de cine atienden las tendencias de las apuestas y que, probablemente, deben tener un departamento dedicado a monitorearlas y que, a lo mejor, hasta invierten apostando por sus propias películas para que queden en un mejor lugar. Así como se antoja vaticinar que, después de la experiencia escocesa, los políticos que pujan por gobernar, tendrán un gabinete de apuestas que les señale el camino.

(Publicado en Milenio)

El fichaje

Rodrigo Grau, empresario catalán dedicado a vender latas de conservas, había intentado varias veces, sin éxito, invertir en la Liga española de futbol. Primero había querido poner el logotipo de su empresa en la camiseta de un equipo, y cuando ya tenía apalabrado el precio con la junta directiva, el proyecto se filtro a la prensa deportiva y los aficionados de aquel club montaron un escándalo, de tales dimensiones, que la junta tuvo que cancelarlo, y quedarse con la marca de cerveza que hasta entonces lo patrocinaba, aunque cobraran la mitad de lo que ofrecía el dueño de las conservas. Lo mismo pasó con otro equipo que iba a llevar el logotipo en la cara posterior de los shorts, un lugar que no hacía feliz al señor Grau pero que significaba, de manera inequívoca, el ingreso de su negocio a la liga de futbol, que era su máxima ambición. “¿Para qué quiero tanto dinero si no puedo invertirlo en lo que de verdad me apasiona?”, decía a sus amigos cada vez que salían a la conversación esos proyectos fallidos. Quería invertir en la liga y, aunque era barcelonista de toda la vida, le daba lo mismo el equipo que aceptara su dinero, a cambio de ponerse el logotipo de su empresa en la camiseta. Su empresa se llamaba entonces El capitán (hoy se llama Conservas Grau), y el logotipo era un capitán de barco, de gorra, barba y pipa, diseñado con gruesos, y estilizados, trazos azules. Era la marca de conservas más famosa de la península, Grau se jactaba de que en cada hogar español había siempre una o varias latas de su empresa, y tenía razón porque su negocio distribuía masivamente en supermercados y tiendas de barrio, latas de atún, de almejas, de anchoas y berberechos, de calamares, mejillones y navajas, de pulpo, sardinas, sardinillas y zamburiñas, de todo lo que podía enlatarse vendía mucho el señor Grau.

Luego de intentarlo varias veces, y de llevarse más negativas de las que un empresario de su calibre era capaz de soportar, decidió que si ningún equipo quería su dinero abandonaría tranquilamente su proyecto. Y así lo hizo, pero quedó inevitablemente resentido con la liga de futbol y, particularmente, con las juntas directivas de los equipos que habían rechazado sus propuestas, entre ellos el Barcelona y el Real Madrid (business are business, me dijo con cierta coquetería), que en su camiseta anunciaba Parmalat, una marca de leche. ¿Les parece más digna la leche que las almejas o las zamburiñas?, preguntaba retóricamente, al aire, molesto con la situación, mientras sus amigos, hartos de aquella manía, guardaban silencio y miraban para otro lado, hacia la puerta del bar o hacia la tragaperras, o hacia la barra donde el dependiente, con gran pericia, servía  vasos dorados de cerveza. Al inicio de la siguiente temporada, cuando estaba por terminarse el mercado de fichajes, y los equipos de primera división buscaban redondear sus plantillas con una compra de último momento, el señor Grau, que era un empresario tozudo que no solía darse por vencido, vio, con toda claridad, la oportunidad de invertir en la liga de futbol. Con los contactos que había hecho, algunos muy sólidos, durante sus intentos de poner la marca de su empresa en alguna camiseta, se informó sobre el proceso para fichar futbolistas y se hizo con una lista de los jugadores que estaban vendiéndose en ese momento. Observó que había una mayoría de latinoamericanos, algunos bastante conocidos, que recibían ofertas de dos o tres equipos y que esperaban a que, con la presión de que el mercado estaba a punto de cerrar, alguno doblara la oferta. Sin pensárselo mucho y alentado en buena medida, según confiesa, por el resentimiento, el señor Grau entró en contacto con el representante de un jugador peruano que esperaba a que el Real Madrid pusiera más pesetas sobre la mesa, porque en la época en que todo esto sucedía el Euro no era todavía en Europa la moneda común. Él mismo recuerda que estaba en su despacho, que era tarde y que sus empleados se habían ido, solo quedaba su chofer, que lo esperaba, medio dormido en la silla que normalmente ocupaba su secretaria. El dato del chofer es importante porque cuando el señor Grau me contó, hace unos días, esta historia, estaba presente ese hombre que sigue siendo hasta hoy su chofer, y que asentía cada vez que su patrón añadía un elemento a esa historia que, mirada con suspicacia, podría parecer el delirio de un rico empresario resentido, al que la liga española de futbol había tratado con desdén. Con un desdén que está documentado porque ahí mismo, en la mesa del restaurante en el que comíamos, el chofer comenzó a sacar del portafolio una serie de recortes en los que aparecía el empresario catalán, treinta años más joven, negociando con el presidente del Valencia y con el del Atlético de Madrid, la posibilidad de poner el logotipo de su empresa en las camisetas, o en la cara trasera de los shorts, en el caso del Atlético. “Yo le cuento la historia y si le interesa la publica”, me dijo el señor Grau por teléfono y luego me invitó a comer para hablar largamente sobre eso que quería contarme. Cosas que nos pasan a los que escribimos en el periódico. Aquella noche en la soledad de su oficina, con su fiel chofer despatarrado en el escritorio de su secretaria, Grau hizo una oferta para comprar a Fortunato Cabrera, el defensa central peruano que querían fichar, según los datos que le había pasado su amigo del Atlético de Madrid, el Barcelona y el Valencia. Estudió el palmarés y las fotografías de Fortunato,  y miró con atención el videocaset que acompañaba la ficha. Quince minutos más tarde, por un precio que triplicaba lo que ofrecían los otros equipos, había comprado al futbolista peruano con la idea, según dice, de revenderlo en el mercado de invierno, en un paquete que incluyera también el logotipo de su empresa en la camiseta. El chofer asegura que todo sucedió tal como lo cuenta su patrón, y argumenta que al oír el nombre de Fortunato Cabrera, que Grau gritaba en su oficina, se despertó y puso atención a lo que sucedía. “Durante esa época el nombre de Fortunato aparecía diario en el  Marca y en el Mundo Deportivo”, dijo el chofer, mientras sacaba del portafolio las fotos de Fortunato ya fichado por el empresario. Se veía al futbolista en la sala de la casa de Grau, en el jardín, vestido de camisa y vaqueros, dominando un balón y, sobre todo, en un montón de cenas y fiestas, siempre acompañado del empresario que lo había comprado y que, gracias a su fama de crack internacional, elevaba su prestigio en la sociedad barcelonesa. Las fotos me dejaron un poco molesto y, para no prolongar más esa comida, le pedí que me contara el final. “En invierno lo vendí al Hércules, con todo y el logotipo de mi empresa, y santas pascuas”. “¿Y qué piensa usted que puedo hacer con esta historia?”, le pregunté. “Un artículo, o si quiere una novela, tiene usted mi autorización para escribir lo que sea”. “¿Puedo ver otra vez las fotos?”, le dije al chofer y él, mientras volvía a sacarlas del portafolio, tenía una sonrisa en la que podía leerse: “este ya cayó, mi patrón no falla nunca”.

(Publicado en Milenio)

El yo

Hace unos días, en una hermosa playa californiana, me detuve a contemplar la puesta de sol. El espectáculo era fastuoso. El sol desaparecía detrás de una montaña envuelto en un estridente resplandor rojo y anaranjado. Conmovido por aquel espectáculo, busqué la complicidad de mis congéneres, de las personas que compartían conmigo, de manera estrictamente accidental, aquel momento glorioso que nos regalaba la naturaleza, y lo que vi me dejó helado: todos, sin excepción, le daban la espalda al sol, lo veían en la pantalla de sus teléfonos mientras se hacían un selfie. Había quien se hacía la foto en solitario, o el selfie de pareja: las dos caras y al fondo la puesta de sol. Pero también había selfies grupales de cuatro o cinco caras en los que la puesta de sol, que era presumiblemente el motivo de la fotografía, ya ni se veía. El fenómeno era bochornoso pero sumamente ilustrativo: una vez hecho el selfie, la gente en esa playa seguía de espaldas al sol, comprobando en la pantalla de sus teléfonos la calidad del autorretrato que acababan de hacerse, y subiéndolo inmediatamente a Instagram, o a Twitter o a Facebook. Lo importante ya no es registrar el momento en una foto, como se hacía en el siglo XX, sino quedar registrados como la parte estelar de ese momento, decirle al grupo que nos sigue en la red social: estoy aquí. O para ser más precisos: estoy aquí, y tu no. Frente a este panorama el hombre, casi siempre japonés, que no paraba de hacer fotografías en los sitios turísticos y que tanta gracia nos hacía, queda como un verdadero romántico. Queda como un ingenuo que se creía que las fotos servían para fijar un recuerdo, y no para exaltar, con descaro y a mansalva, el yo.

(Publicado en El país)

El penalti

Cuando era un niño vivía en un edificio donde también vivían tres futbolistas, que fueron muy famosos en su época y que hoy, como el futbol es un deporte cuyas estrellas se renuevan continuamente y a gran velocidad, ya no recuerda ni Google. La obra de los futbolistas queda en la memoria de quienes los vieron hacer un gesto inolvidable o, desde finales del siglo XX, en Youtube, de manera que, esos tres futbolistas que eran mis vecinos, por haber jugado en una era en la que no había internet, sobreviven exclusivamente en la memoria de quienes los vimos jugar. Uno era Dante Juárez, el “morocho”, un crack argentino que jugó en el Necaxa a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, según mis cálculos pues, como he dicho, no ha quedado rastro suyo en internet, aunque si queda el de su hijo, que se llama igual y que jugó en la Universidad de Nuevo León, y además fue mi compañero de gamberradas infantiles durante aquellos años. El morocho contaba con la medalla de haber derrotado 4 a 3, al Santos de Pelé, en 1961, y este resultado glorioso produjo una fotografía que los Juárez habían ampliado al tamaño de un poster y colgado en un lugar prominente de la sala. En esa fotografía, que a mí me parecía el no va más del prestigio, aparecían, en plano rigurosamente americano, abrazados y muy sonrientes, Dante Juárez y el rey Pelé. El otro futbolista era Juan Rodríguez Vega, un astro de la selección chilena que había llegado a México, fichado por el Atlético Español, y se había instalado a vivir, por pura mímesis futbolística, en el edificio donde vivía su colega Dante Juárez. Juan Rodríguez tenía una esposa que se llamaba Gina, y dos hijos, Juanito que era nuestro amigo y Claudia, su hermana, que estaba como un tren. Juan tenía también un automóvil Camaro azul cobalto que nos arrancaba tantos suspiros como su hija Claudia. Así vivíamos, suspirando entre Claudia y el Camaro azul. Después de Juan Rodríguez llegó otro seleccionado chileno, el defensa central Alberto Quintano, que hizo durante seis años una efectiva mancuerna con el Kalimán Guzmán, en el equipo Cruz Azul. Los tres futbolistas que había en el edificio, dos en activo y una leyenda retirada, ejercían un importante magnetismo sobre otros futbolistas. Cada vez que Gina, la mujer de Rodríguez Vega, organizaba una cena con los colegas de su marido, nos avisaba quién venía y nos permitía un momento de fisgoneo. Así vimos a Carlos Reinoso, otro crack chileno, en el momento en que presentaba a sus amigos a Verónica Castro, su nueva novia, y también vimos al Rey Pelé, por fin en persona después de contemplarlo tanto tiempo en la foto de los Juárez, comiendo unos canelones que había preparado Gina para la cena.

En 1974, en el Mundial de Alemania, Rodríguez, Quintano y Reinoso, los tres cracks que conocíamos, digamos, personalmente, se fueron a jugar con la selección chilena y, como México no había calificado para ese Mundial, nos dio por apoyar a La Roja, con el privilegio añadido de ver los partidos en la misma casa de Juan Rodríguez Vega, con su mujer y sus hijos. Quiero decir que mientras Juan se batía en el Estadio Olímpico de Berlín, yo lo veía batirse cómodamente sentado en el sillón de su casa, bebiéndome una Cocacola de su refrigerador. La selección Chilena no pasó de la primera vuelta, jugó solo tres partidos, aunque es verdad que le tocó un grupo complicado: el Mundial era en Alemania y a los chilenos les toco en su grupo con Alemania Federal, Alemania Democrática y Australia. Las cosas no pintaban bien desde el principio, pero en el partido contra una de las dos Alemanias, el árbitro pitó un penalti que, si se transformaba en gol, llevaba a los chilenos a la siguiente ronda. En cuanto se anunció el penalti se hizo un espeso silencio en casa de Juan Rodríguez Vega, un silencio que se espesó todavía más cuando el locutor anunció que era el mismo Juan Rodríguez Vega, el dueño del sillón que yo ocupaba, quién iba a tirar el penalti. No recuerdo haber sentido más presión antes de un penalti, probablemente ni aunque fuera yo el que lo tirara, lograría los niveles de tensión que compartíamos, hace precisamente cuarenta años, los que veíamos aquel partido en la televisión del futbolista. Juan Rodríguez Vega colocó el balón en el manchón de penalti, la cámara hizo un acercamiento de sus manos colocando con esmero la pelota. Luego caminó ceremoniosamente hacia atrás, dio cuatro o cinco pasos y se detuvo a reflexionar, a pensar cómo iba a tirar, por qué ángulo iba a meter el balón. Gina, la mujer de Juan, se mordía los nudillos, mientras Juanito movía nerviosamente la pierna izquierda y Claudia afrontaba aquel momento dramático con una hermosa palidez. Yo estaba sentado en el filo del sillón, mirando alternativamente a la pantalla y a la familia sufriente. Sufrí con ellos cuando Juan corrió hacia el balón, disparó con fuerza y falló el penalti. Qué desastre.

(Publicado en Milenio)

El Código Navajo

Durante la Segunda Guerra Mundial los ejércitos desarrollaron códigos secretos, para que el enemigo no se enterara de sus proyectos, ni de sus maniobras inmediatas. El ejército de Estados Unidos, por ejemplo, comenzó utilizando metáforas facilonas y pronto se dio cuenta, en cuanto trataron de descifrar el código que utilizaban los alemanes, que cierta sofisticación era necesaria y, sobre todo, que sus metáforas eran de una lastimosa obviedad. Como muestra pondré tres ejemplos: el avión era sustituido por la palabra “pájaro”; el bombardero volaba enmascarado por la imagen “pájaro preñado”; y cuando se pretendía atacar con los tanques de guerra se hablaba de las “tortugas”. Eso del “pájaro preñado” era una nomenclatura infantil frente a los mensajes que producía una máquina, inventada por los Nazis, que se llamaba Enigma y consistía en una suerte de vieja máquina Olivetti (un clásico entre las máquinas de escribir del siglo XX) que traducía los mensajes, que el soldado escribía con las teclas, a un código inexpugnable de signos, dibujos y, digámoslo así, eructos gráficos. El código de la máquina Enigma fue inexpugnable durante casi toda la guerra pero, al final, un grupo de técnicos ingleses logró descifrarlo y esto supuso un grave contratiempo para el ejército alemán. Hace unos meses la casa de subastas Bonhams, en Londres, vendió una máquina Enigma auténtica, cuya foto exhibieron en su catálogo y, ahí pudimos comprobar que esa máquina mitológica era, efectivamente, muy parecida a la Olivetti, con la salvedad del estuche, que en la alemana era una elegante y bien pulida caja de madera. De manera que la inteligencia militar de Estados Unidos tuvo que sentarse, durante algún remanso de la Segunda Guerra, a pensar con qué iban a sustituir ese código simplón que llamaba al bombardero “pájaro preñado”, y entre whisky y whisky (esa bendita iluminación que proveen las bebidas de generosa graduación alcohólica) se les ocurrió que podían aprovechar a los indios Navajos que combatían en las Islas del Pacífico, en el pelotón 328, para que diseñaran, con la lengua de su pueblo, un código tan inexpugnable como el de la máquina Enigma. ¿Qué hacían 29 indios Navajos, en el pelotón 328, combatiendo en Iwo Jima y Guadalcanal, en el ejército de ese país que los tenía encerrados en una reserva miserable y polvorienta? La respuesta a esta pregunta nos llevaría otro artículo completo y nos desviaría del apasionante tema de los códigos secretos.

La de los Navajos es una lengua exclusivamente hablada, no tiene representación escrita, como la de los Cherokees, por eso, porque no había fuente a la que pudiera acudir el enemigo, era el vehículo perfecto para transmitir un código secreto. Por ejemplo, Estados Unidos en lengua Navaja se dice “ne-he-mah”, que quiere decir “nuestra madre”. Llamar “nuestra madre” al país que te tiene encerrado en una reserva ruinosa y pestilente, mientras un montón de niños descendientes de holandeses o escoceses corretean por una verde e interminable y aromática pradera indica, a todas luces, que los navajos tienen a sus madres en un concepto muy bajo. Freud aparte, el ejército quitó las armas, a los 29 Navajos que luchaban en el Pacífico del Sur, y los recolocó en una palapa frente al mar, para que echaran a andar el famoso Código Navajo, un código tan competente que nunca pudo ser descifrado por el Ejército Imperial Japonés. El éxito fue de tal magnitud que el ejército de Estados Unidos fue a buscar a la reserva navaja otros cuatrocientos individuos para que apoyaran, con su lengua inexpugnable, a los 29 que ya trabajaban de sol a sol en el Pacífico del Sur.

Cuando acabó la guerra, el ejército victorioso, y severamente diezmado, regresó a su país, y los Navajos regresaron a su reserva, sin ninguno de los privilegios que se daban a los soldados que no eran indios. El gobierno de Estados Unidos (de Ne-he-mah o nuestra madre) les escatimo el mérito y el reconocimiento hasta el año de 1968, cuando la historia de los Navajos del Pacífico del Sur comenzó a salir a la luz y se supo que a los integrantes de aquel curioso contingente militar se les llamaba windtalkers, los que hablan con el viento o, mejor, como el viento. En el año 2001 se colgó a los cinco windtalkers sobrevivientes que pudieron encontrar, la medalla de oro del congreso de Estados Unidos y, un año más tarde, el cineasta cantonés John Woo, hizo una película sobre estos navajos heróicos (Windtalkers, 2002) estelarizada por el siempre sobreactuado Nicholas Cage. De todo esto me he venido a enterar porque hace unos días leí el obituario de Chester Nez, el último de aquellos Navajos, que llegó a la vejez aquejado de diabetes, como todos los hombres de su tribu que sufren esta desgracia endémica, y sin los dos pies que tuvieron que amputarle por una complicación de la enfermedad. El último de los windtalkers murió hace unos días, a los 93 años, en Alburquerque, Nuevo México. Digamos, como homenaje, una frase sentida al viento.

(Publicado en Milenio)

Moscou-sur-Vodka

 

Hace unos días revisité la película Nostalgia (1983), del director ruso Andrei Tarkovsky. Como me pasa siempre que revisito esta película, descubrí tres o cuatro ideas en las que no había reparado, o no lo había hecho con la suficiente atención, y las anoté en una libreta. Nostalgia es la primera película que rodó Tarkovsky fuera de Rusia, en Italia, y la trama gira alrededor, y de manera obsesiva, sobre su titulo. Es la historia de Gorchakov, un poeta ruso, como el padre de Tarkovsky, que viaja a un balneario en la Toscana, que es parte del paisaje de la biografía de un músico que pretende escribir. El viaje lo hace con Eugenia, una intérprete rubia y guapa que lo ayuda a comunicarse con los nativos y, además, le sirve como sparring para sus reflexiones: la rubia va escuchando la espesa conversación del poeta y, cada vez que interviene, lo único que consigue es espesar todavía más la conversación. Pero dentro de esa espesura el poeta Gorchakov dice cosas de extraordinaria vigencia, por ejemplo, oír hoy lo que dice, al principio de la película, arroja luz sobre las maniobras expansionistas que últimamente pone en práctica el presidente ruso Vladimir Putin, que tiene el proyecto, muy evidente, de anexionarse esos países que antes eran parte de la Unión Soviética. Lo consiga o no, la maniobra es una rareza en el siglo XXI y cuenta con la oposición, no muy contundente, de las democracias occidentales. ¿Qué tiene el presidente ruso en la cabeza?, se pregunta el lector del siglo XXI. ¿De verdad pretende anexionarse Ucrania por la fuerza y a la vista de todo el mundo?, ¿será capaz de cumplir su velada amenaza de dejar a media Europa sin gas?, ¿estará esperando a que empiece el invierno para que la ausencia de gas afecte el sistema de calefacción de medio continente? Tanta pregunta indica que, de este lado del mundo, entendemos muy poco a Putin, y eso que el poeta Gorchakov llama “el alma rusa”.

“Nadie es capaz de entender a Rusia”, le dice el poeta a su traductora rubia y ella, como buena sparring, le pide una explicación que la ayude a entender lo que quiere decir, a lo que el poeta responde que solo puede entenderse Rusia “aboliendo las fronteras”. ¿Qué quiere decir esta misteriosa declaración?, ¿que vamos a entender el alma rusa el día que seamos todos rusos?

Más adelante el poeta Gorchakov conversa consigo mismo, y por momentos con una niña, dentro de una casa en ruinas que presenta una severa inundación. La nostalgia de Rusia, y de su mujer y su hija que lo invade, lo lleva a paliar ese humor triste con el remedio ruso por excelencia: beberse una botella de vodka.

Llegados a este punto, con el poeta bebiéndose en solitario una botella de vodka, hay que recurrir al libro Limónov (Anagrama, 2013), del escritor francés Emmanuel Carrère, donde se nos ilustra, mientras se nos cuenta la biografía del escritor que da título al libro, sobre la manera que tiene el alma rusa de abordar el Vodka. Limónov es un escritor, y activista ruso, autor de una famosa novela, de éxito contundente en Francia, titulada El poeta ruso prefiere a los negrazos.

“Todos los hombres de valía rusos beben como esponjas”, sostenía el poeta Vénichka Yeroféiev, que es el autor del gran poema de las borracheras rusas titulado Moscú-Petushkí (que en francés se tradujo como Moscou-sur-Vodka), que es la ruta que cubre mientras va bebiendo alcohol a mansalva, en una suerte muy rusa que se denomina zapói. Resulta que, de acuerdo con este poeta, y con Limónov y Carrère, la forma de beber que tenemos los occidentales es de una tibieza atroz porque el zapói, esa modalidad que el buen ruso practica con frecuencia, consiste en beber hasta perder la conciencia y más allá, es decir, hasta aparecer en un sitio, a decenas de kilómetros de donde se destapó la primera botella, y no saber dónde está uno ni cómo ha llegado hasta ahí. El zapói, como puede verse, es una borrachera extrema que, desde luego, no puede obtenerse solo con vodka, pues necesita de mezclas y añadidos que diluyan, de verdad, la conciencia. El poeta Yeroféiv consigna en su poema Moscú-Petushkí, una de las bebidas que preparó para disfrutar de un zapói de buen nivel; un coctel, por llamarlo de algún modo, de nombre “lágrima de Komsomol: cerveza, white spirit (un solvente industrial), gaseosa y desodorante para los pies.   

A la luz del zapói, el poeta Gorchakov, en la película de Tarkovsky, es un bebedor tibio y convencional que tiene suficiente con una sola botella de vodka; está muy lejos de esa forma de beber salvaje que practican las almas rusas. Tarkovsky hace decir al poeta Gorchakov, mientras va adentrándose en la botella de vodka, el poema de otro poeta, Arseni Tarkovsky, que era el padre del director como ya he dicho. De este poema anoté uno de los versos, porque me pareció que en su interior se oculta una sabiduría que, una vez comprendida, podría iluminarnos el camino: “una gota más una gota es más que dos gotas”.

(Publicado en Milenio)